Desarrollando la lógica de la anterior entrada y entendiendo el hedonismo como un proceso que hace del placer "el bien soberano, aquello a lo cual se debe tender, el objetivo capaz de asociar reflexión y acción" y el eudemonismo como la "necesidad de apuntar al bienestar, la serenidad, la felicidad" concluye Michel Onfray que la diferencia real es de grado, de intensidad, y no de naturaleza.
En definitiva, "el eudemonismo hace posible el hedonismo, que define la capacidad de gozar de sí mismo como de un ser en paz consigo mismo, con el mundo y con los demás" (páginas 49 a 51. Las sabidurías de la antigüedad").
No hay otra vía en estos tiempos.
Entregarse a un "régimen de los placeres", a una "intersubjetividad contractual y jubilosa, una moral de la dulzura y de la amistad, una política de la templanza, el deseo ya no definido por la carencia, sino por la plenitud, la confusión de ética, estética y existencia, la vida pensada como una obra de arte" (página 186. Política del rebelde) yo añadiría pequeña, porque me viene a la cabeza un modelo que conozco.
Es tiempo de conversación. Es tiempo de gestos y acciones.
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